Chronicles from the other side (of the Atlantic) español The foreign life Uncategorized

Ver los toros desde la barrera, o el virus desde el otro lado del Atlántico.

Cuando el otro día el presidente de los Estados Unidos, que me guste o no ahora es también mi presidente, anunció que suspendía los vuelos con Europa durante treinta días, se me cayó el alma a los pies. Lloré como hacía tiempo que no lloraba, lloré de miedo, de impotencia, de vergüenza ajena, porque además de que el mensaje era terrible, el modo en el que lo dio fue lamentable.

Pero sobre todo lloré porque, más que nunca, en ese momento tuve claro que estaba en el lugar equivocado, que esta crisis me ha pillado en el lado incorrecto del Atlántico. Sabía que tarde o temprano podía pasar algo así. Lo que nunca imaginé fue que ese algo sería una pandemia global.

Durante días he visto y leído las noticias españolas triste, desesperada, de forma obsesiva. Todos los días espero que la maldita curva pare de subir, pero no, ahí sigue, cabezota. Nunca se me dieron bien las matemáticas, pero en las últimas dos semanas he aprendido más que en todos mis años de colegio. A diferencia de los políticos, las matemáticas no mienten, y lo que dicen no es halagüeño. Hoy ya no he podido seguir viendo noticias, es demasiado, sobre todo sabiendo que toda mi familia vive en uno de los mayores focos de contagio, que mi padre tiene todos los factores de riesgo y alguno más, y que estoy a siete mil kilómetros de distancia, siete mil kilómetros que ya ni siquiera puedo medir en vuelos, porque no los hay.

En lugar de ver la tele y mirar noticias, he intentado conectar con amigos, pasar tiempo virtual con la familia, mantenerme positiva, activa… El día no me da para todo lo que tengo que hacer, el trabajo, los niños, y para lo que quiero hacer, leer, escribir, procesar todo esto. Y eso que tenemos la suerte de poder trabajar desde casa, de poder estar con nuestros hijos, de saber que todo esto no nos va a costar el trabajo.

Pero haga lo que haga, no me puedo quitar al puñetero bicho de la cabeza, nada funciona. Y creo que lo que voy a hacer es verme Grey’s Anatomy desde el principio o algo (ya, ya sé que una de médicos igual no es lo mejor), que a mi estas series tan buenas que hacen ahora me requieren mucho esfuerzo mental y lo que quiero es no pensar, atontarme, aislarme pero de verdad aunque sea una hora al día e ignorar la realidad, porque las diecisiete horas restantes (sí, soy un vampiro) las dedico a intentar instaurar una nueva normalidad en la vida de mis hijos, y algo de orden en mi casa, que está siempre hecha un desastre, y todo ello transmitiéndoles una dosis razonable de alegría a los niños, y todo ello mientras intento trabajar (que se queda en eso, intento), y es todo agotador, así que a falta de un buen mezcal y un cigarrito me conformaré con una bolsa de pipas, y un capítulo de algo un poco tonto y con muchos rolletes.

Por mucho que lo intento, no entiendo, no proceso, como hace dos semanas estaba haciendo planes para ir a un festival de cometas en mayo y para hacer una escapada a Londres en verano y ahora ni siquiera sé cuándo volverán mis hijos al colegio, o si podré ir a casa, a mi casa de verdad, este verano.

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Esta es mi casa, mi pueblo, el sitio al que volvería en un segundo si pudiera.

Recuerdo hasta con sonido más atentados de ETA de los que puedo contar con los dedos de las dos manos, cuando sonaban tan, tan cerca. Me acuerdo del estupor de ver las noticias sobre el tsunami, sobre Katrina, sobre el terremoto de Haiti. Me acuerdo como si fuera hoy del ver el 11 de septiembre en directo, desde el salón de mi casa, sabiendo que el chico que acababa de empezar a gustarme vivía en Chicago y trabajaba al lado de la torre Sears. Aquel día todos vimos pararse el mundo en el Telediario de las 3. Pero el mundo se paró solo unos días, después siguió, y a estas alturas aquello solo ocupa unos minutos de las noticias una vez al año en septiembre.

La magnitud de lo que estamos viendo ahora es mucho mayor. Y esa magnitud se debe a que no solo lo estamos viendo en un telediario. Lo estamos viviendo. Nos afecta a todos, en menor o mayor medida, y sin duda en incertidumbre, porque no sabemos si nos vamos a contagiar o no (tenemos más papeletas para el sí), ni si el cartón de bingo que es cada una de nuestras familias seguirá completo al final de esta odisea, de esta pesadilla.

En este mundo globalizado en el que uno puede (podía) desayunar en Londres y salir la misma noche de fiesta en Nueva York, lo malo también se globaliza, y esta vez lo malo nos está ganando la carrera, y por muchas marchas forzadas que intentemos meter nos lleva kilómetros y semanas de adelanto.

A mi en concreto el toro me ha pillado en baja forma, recién salida de la cuarentena, con un recién nacido y a siete mil kilómetros de casa, siete mil kilómetros que nunca parecieron tan largos, tan insalvables, tan, tan absurdos.

Y aunque ahora estoy ya más tranquila, porque escribir relaja, paseando por el salón con una manta a modo de capa que ni las protagonistas de Juego de Tronos, tengo miedo.

Y lo que me da miedo no es tanto la enfermedad en si, ni el pánico, el pánico es normal, esperable, en este momento incluso irónicamente saludable. Lo que me da miedo de verdad es que nos acostumbremos a esto, que nos acabe pareciendo normal, que dejemos de echar de menos los bares, las oficinas, los colegios, los partidos de fútbol, los conciertos, los domingos con los abuelos, los abrazos y los besos.

Afortunadamente, todos los días recibo videos de mis compatriotas cantando desde los balcones, aplaudiendo, jugando al Bingo, y hasta jugando al Veo Veo. Y mientras espero que el apocalipsis llegue también a Chicago, que va a llegar cualquier día de estos, al menos puedo sonreír sabiendo que, al otro lado de esta película distópica en la que de repente vivimos todos, habrá un avión que me lleve a casa, y que en casa, con suerte, me esperarán el sentido del humor y de comunidad de mis compatriotas, que, junto al trabajo incansable de los médicos, es lo que va a salvar a España.

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Ojalá supiera cuándo esta imagen se va a repetir.

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