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Un verano más bien raro

 

Facebook memories se encarga de recordarme a diario que hace dos años, hace cuatro años, hace seis años, hace diez años, o el año pasado, estaba pasando el verano en España. En realidad, el verano pasado a estas alturas aún estaba haciendo maletas, porque últimamente vamos después del cuatro de julio, pero seguro que me permitís la licencia poética.

Un abuelo haciend o crucigramas del periódico  con su nieto
Rutinas, y un cuarto de estar mucho más ordenado que el mío.

Desde que vine a vivir a Estados Unidos, vivo por los veranos. El motivo por el que aún no me he vuelto a Europa son esos veranos de dos meses que puedo pasar con mis hijos en mi pueblo, invadiendo la casa de mis padres como si fuéramos las tropas de Atila. Si creéis que exagero, preguntadle a mi pobre madre. Espero todo el años esos veranos de no hacer casi nada, aparte de tender la ropa, dar paseos, tomar helados en la piscina y bitter kases con aceitunas de anchoa en “la cabaña”, que es como se ha llamado siempre el jardín de mis padres, nunca he sabido bien por qué, y ver a mis hijos felices nadando, corriendo, gritando, haciendo crucigramas con mi padre y puzles con mi madre.

Por primera vez en 17 años no tengo ni idea de cuándo voy a poder ir a casa. No tengo billetes, no tengo fechas, no tengo planes. Ni siquiera tengo la certeza de si habrá vuelos, y si los hay, si los cancelarán. Las normas de entrada y salida cambian de la noche a la mañana, y si ayer los europeos no podían entrar a Estados Unidos, hoy son los estadounidenses los que no pueden entrar en Europa.

Una abuela caminando hacia una iglesia con sus nietos.
La iglesia de Pobes, aunque se está cayendo a pedazos, sigue siendo un sitio estupendo para explorar.

Tengo un recién nacido sin pasaportes, hemos tardado cuatro meses en poder obtener su certificado de nacimiento, y ahora que ha llegado no tenemos forma de saber cuánto tardarán en procesar los pasaportes, eso en el supuesto de que podamos conseguir cita para hacerlos. Que lleves los papeles, te dicen. Y, luego, ya veremos. No sé a vosotros, pero a mi pensar que, ahora mismo, no podría ir ni en caso de necesidad, me ahoga un poco, qué queréis que os diga. Sé que no soy la única, sé que estamos todos igual, porque es el tema del día, de la semana y del mes en todos los foros de extranjeros.

Sé que, además, a pesar de las ganas de ir, todos tenemos cierto miedo a ir, cogernos el dichoso coronavirus durante el viaje, y llevárselo a los nuestros, o convertirnos en foco de contagio una vez allí. Por mi parte, si consigo ir, haré quince días de cuarentena radical, total, quince días más sin achuchar al bebé no son nada. Y no tengo ni intención ni ganas de salir de nuestro jardín después.

Pero me cuesta imaginarme esa llegada a la plazoleta de mi casa sin mi madre esperando en la puerta para abrazarnos, para asomarse tímida dentro de la furgoneta en la que llegamos por si algún niño sigue dormido, y sin mis hijos corriendo escaleras arriba para darle un beso a mi padre, que ya no está para aguantar de pie escenas sentimentales, y para ir rápidos al cajón del pan, a buscar un currusco. Aún así, por verles, por que nos vean, estoy dispuesta a reinventar la llegada, con mascarillas, con manos que saludan desde una ventana, tachando en un calendario los días que quedan hasta que nos atrevamos a tocarnos. Estoy dispuesta casi a lo que sea.

Un abuelo jugando a las cartas con sus nietos.
Jugar a las cartas es una de las cosas que más les gusta hacer, sobre todo desde que las abuelas les enseñaron a hacer trampas.

Mientras, preparo las cosas para un mini viaje a Michigan, muy mini porque para cuando se me ocurrió buscar todas las casas estaban ocupadas para casi todo el verano, no somos los únicos que queremos salir de Chicago. Pero aunque es muy bonito, Michigan no es el España, y Holland no es mi pueblo, y aquella casa no es mi casa.

Aún así, intentaré disfrutar, meter los pies en un lago de agua fría, y desconectar de pantallas, de trabajo, de terapias y de noticias, aunque sea solo un par de días. Intentaré disfrutar el momento, lo que aquí llaman mindfulness, que consiste en concentrarte en lo que tienes delante, en las pequeñas cosas, en un libro, un desayuno, un castillo de arena.

Y aunque los niños no hacen más que preguntar que si vamos a España, que cuándo vamos a España, que si se ha muerto el puñetero virus, que cuándo se acaba esto, también están felices con ir un par de días a la playa, a cualquier playa. Por fortuna aún están en la edad en la que hasta un paseo por el parque se puede convertir en una aventura.

Mientras esperamos, vemos Verano Azul, comemos bocatas de chorizo y patatas fritas, ponemos cromos de la liga (¿alguien tiene repes que quiera cambiar?) y sus Playmobiles ahora son Tito, y Piraña, y Pancho en vez de Spiderman y Thor. Nos inventamos un verano nuevo, que debe ser esa nueva normalidad de la que todo el mundo habla, y a la que me asusta haberme acostumbrado tan rápido.

No pierdo la esperanza de que en unas semanas, o unos meses, en lugar de revivir nuestra infancia a través de la tele, mis hijos puedan correr por las calles por las que corrí, comiendo las chucherías que comíamos de pequeños, y jugando con los hijos de mis amigos de la infancia, y que a las noches lean los libros que yo leía a su edad. Que sigan creando sus propios recuerdos, escribiendo su propia historia.

Yo voy a aprender de ellos una vez más, e intentar encontrar aventuras, y disfrutarlas. Eso sí, sin dejar de echar un ojo casi todos los días a los vuelos que quedan.

Tres niños sentados en la rueda de un tractor
Saco esa foto cada vez que vamos a España, aunque no sé si la próxima vez me van a caber en la rueda…

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